Invierno bajo presión: el “Niño Godzilla” podría redefinir el clima en Chile

Chile se prepara para un invierno que podría romper la lógica de los últimos años. No se trata solo de más lluvias, sino de un cambio más profundo: una alteración del equilibrio climático al que el país se había acostumbrado tras más de una década de sequía.

El fenómeno de El Niño, que ya comienza a desarrollarse según reportes internacionales, podría alcanzar una intensidad poco habitual durante 2026. A este escenario extremo algunos expertos lo han denominado “Niño Godzilla”, una forma no oficial —pero muy gráfica— de advertir sobre su potencial impacto.

Lejos de ser solo una etiqueta llamativa, el concepto apunta a un evento que podría superar los patrones habituales. Cuando las temperaturas del océano Pacífico ecuatorial aumentan de forma significativa —por sobre los 2°C— se entra en la categoría de eventos extraordinarios, capaces de modificar el comportamiento climático a escala continental.

El impacto no se limita a precipitaciones más abundantes. Lo que preocupa a los especialistas es la velocidad y concentración con que podrían caer estas lluvias, en un territorio que ha adaptado su infraestructura —y su planificación— a la escasez hídrica.

Este tipo de eventos implica una verdadera reconfiguración del sistema hidroclimático, donde zonas acostumbradas a la sequía deben enfrentar de golpe grandes volúmenes de agua en cortos períodos. El riesgo, por tanto, no es solo meteorológico, sino también territorial.

Las áreas más vulnerables son aquellas que recientemente han sufrido incendios forestales. Sin vegetación que contenga el suelo, aumenta la probabilidad de deslizamientos, aluviones y erosión severa.

Qué cambia con este fenómeno

En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas del Pacífico hacia Oceanía, permitiendo que frente a Chile predominen aguas frías asociadas a la corriente de Humboldt. Este equilibrio regula tanto la temperatura como las precipitaciones.

Pero durante El Niño, ese sistema se debilita. Las aguas cálidas se desplazan hacia la costa sudamericana, elevando la temperatura del océano y generando condiciones más propicias para lluvias intensas.

El resultado: inviernos más lluviosos, pero también más impredecibles.

Un llamado a anticiparse

Más allá del nombre, el fenómeno plantea un desafío concreto: cómo responde un país que venía preparándose para la escasez, frente a un escenario de abundancia repentina.

Infraestructura, planificación urbana y gestión de riesgos quedan bajo presión. Y aunque aún existe incertidumbre sobre la magnitud final del evento, los expertos coinciden en algo: este invierno podría no parecerse a los anteriores.

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